Mudo encierro el de tu cuerpo ausente
cuando una luz, que se apaga y que se enciende,
desbarata así las horas de todas las mañanas.
Quiero ser tu ausente pájaro devuelto
de pronto, y sin razón, a las fuentes
que un invierno centenario no ha logrado endurecer.
Dos amantes que se besan en un parque
desgastan besos que otros, ya quisieran,
gastarían como gastan
la noche, las lunas y el día, los soles.
Dime tú quién puede ser el alma
de esta aurora desafiante como el diente
de un felino, o la pluma de un poeta encarcelado.
Todo esto, y más también, me ha traído un viento
montado en los colores en los que esperaré la muerte.
Mientras tanto,
que me nombres recostada en tu noche sola,
que me pongas en tus labios como un dedo
que se posa en unos pechos
me delata, me persigue como un sueño, o pesadilla,
y me despierta
de ese otro sueño que es la vida.
¿Será feliz la primavera que se aproxima a los amantes
o será el silencio en el que muere
la inconclusa sinfonía?
Tu caminas ya recorriendo los senderos
que he trazado en mis jardines. Yo,
en la ventana ciega de la torre en que me encierra
mi poema te descifro y te adivino en tu forma de luna
o de médano, o de ensueño.
Hay, todavía, un pájaro rosado que canta al amanecer
y un lago de aguas blancas sin orillas
y un asedio interminable de tu nombre
haciéndole cosquillas a mis noches.