Parábola I
Hay en un jardín del lejano Oriente
cientos de hormigas comiéndose las verdes hojas
del rosal de una anciana
que morirá esta misma noche.
Al amanecer la gente humilde del pueblo
descubrirá el cuerpo inerte
y habrá un funeral y una tristeza.
Cuando el ritual termine vendrá la lluvia
y borrará el rastro de los insectos
y reverdecerá el rosal.
Nadie sabrá de esas hormigas
ni del rosal saqueado.
Nadie conocerá el esfuerzo
de estos pequeños insectos
ni sus hambres ni sus prisas.
Quédate. Dejale el río
Quédate. Déjale el río
a los peces que lo nuestro es defendernos
de este abrir temprano de las oficinas
y este saludo a la bandera en los colegios de pago.
Esquivemos el juramento sucio de querernos
que a estas horas y por todos lados
va tocando las bocas de los matrimonios felices
convirtiendo los besos en las sobras de una cena familiar.
La prisa es la costumbre de los que no aman
y en los jardines, ya las hormigas salen por migajas
de hojas pero mi hambre
no se acaba en el café del desayuno
ni mi sed es de agua ni mis ansias de pan.
De ser posible, toda la vida, y un poco más
De ser posible, toda la vida, y un poco más,
de ser posible y si no es mucha molestia,
o tal vez, ¿por qué no? la eternidad.
¡Mire que hermoso suena: "la eternidad"!
¡Cuánta poesía se ha escrito en vano
para decir tan poco y menos aún!
Pero es que bastó mirarla a los ojos
para entenderlo, y aún menos,
tenerla cerca para saberlo.
Pero espero también entienda
lo cursi que esto le suena, dicho así,
a mis oídos sordos de tímido cantor
o a mis fingidas pretensiones de poeta.
Pedir tenerla toda la eternidad suena
a bolero improvisado, a canción de radio,
a un hombre con ganas de tenerla solo un rato.
Pero cuando la vi a los ojos, cuando me vi en su mirada...
la eternidad, Señora, ¡y casi siento que le pido nada!
¡la eternidad es nada, Señora, cuando me siento
y me duermo y me enredo en su mirada!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)