Olvido los versos que he escrito. Hasta discuto "¡qué ese poema no es mio!"
y que sí, lo era,
y "¿cuándo escribí yo eso?".
No es que no me importe lo que escribo; tampoco es que todo sea falso
porque todo eso lo he vivido o, al menos, soñado,
que para la gente como uno es casi lo mismo.
Es que uno los suelta, los deja irse, los deja perderse y quedarse a dormir en casa de otras gentes.
Imagine el lector que el mundo es perfecto y uno puede soltar a un hijo sin miedo a perderlo
y le dice entonces "Ve a quedarte donde tu amigo o donde tu novia"
sin sentir el miedo y la preocupación, sabiendo que en algún momento volverá crecido.
No hay por qué tener miedo, no hay forma
de que un poema se lastime.
A los poemas nadie los asalta en la calle por quitarles algo
pues tienen nada.
¡Y disfrutan tanto el vagabundeo! Pulular por las noches caminando entre la niebla
es para ellos como un sueño:
van contando las estrellas, intercambiando opiniones con los murciélagos y los búhos
─de noche no andan muchos pájaros─
y con esas mariposas que son menos mariposas y más polillas solo por ser feas;
y cuando se terminan las distracciones vuelven, llegan a casa
y sentados en el borde de sus camas
se sacan las rimas y las sílabas
y acuestan a descansarse el ritmo.
Y uno ni tiene que levantarse para ver cómo volvieron.
Porque ellos vuelven siempre con algo nuevo en su genética, algo que no heredaron,
que uno no pudo haberles dado porque uno es uno y ellos,
los poemas, son hijos un poco de toda la gente que los va leyendo.
Por eso yo no los recuerdo a veces, porque no hace falta vigilarlos
porque son poemas buenos, bien educados, que van y vuelven contentos
a mostrarme enseguida lo que aprendieron fuera.
Y están tan contentos a veces con tan poco que se me hace
futuro la boca viendo la simpleza y la humildad
con la que van creciendo.