Que nadie nos despierte ahora que estamos soñando
que nadie nos diga cuánto
ni cómo
ni hasta dónde
podemos llevar nuestros pies.
Hoy desperté con la sordera agudizada
con los tapones en los oídos para dormir
enterrados en la raíz del cerebro
en esa parte todavía reptiliana de aprendiz de lagarto.
Tengo un vidrio roto, una puerta con llave
dos ventanas medio abiertas
o medio cerradas
─decida usted que mitad prefiere ver─
un par de zapatos casi del tamaño de los pies
una remera vieja para dormir
y un libro que nunca leí.
Hoy soy un poema sin sentido, desgarbado
una falta de ganas de hablar, de sonreír
una necesidad de café creciendo
como hemorragia interna
un estómago cerrado a las versiones.
Vengo a dar una respuesta clara:
no tengo respuestas claras
a tantas preguntas iluminadas
ni a tanta sensación de murciélago
sin Robin ni Comisionado.
Soy también este, esto, y aquello
de más allás
o nada.
¿A quién le importa? Ni siquiera a mi
me desvela esta preocupación,
reina y madre de todas las preguntas
vuelo de abeja amargada.
Esto es miel descafeinada: piernas sin gluten
culos para aprender a defenderse
con los dientes.
Lunes ocho de la mañana un sábado a la tarde
tu boca cerrada mi ejército en las puertas
de una cuidad sitiada
Soy la palabra vestida de época
desnudo y despierto
esperando
esperando.
Tu ven, yo invento el desierto.