Una tarde sin fecha se suspira

Una tarde sin fecha se suspira
se fuma
se come tarde y fría
y se duerme frente a un televisor
autista
incapaz de percibir un gramo
de realidad
o de bostezos.

una tarde sin fecha, sin número
ni luna en el calendario

si vos
sin mi

una casa que pertenece entera a un gato
que despierta cada tanto
se estira con pereza
se vuelve a enrollar
y a dormirse

el timbre suena y nadie atiende
dos testigos de Jehová cruzan la ventana
como queriendo espiar hacia adentro.

Quizás un poco de música ayude
quizás no

habría que dejar el libro sobre la mesita
levantarse del sillón
caminar hasta allí

solo por un poco de música

ya es el atardecer de la tarde
sin fecha
ya se termina esta tarde
sin fecha
sin luna
sin música
sin libro
sin hombre
sin tarde
sin fecha
sin gato

que salta y se va por la ventana
como terminando el poema.

No creo estar cantando bien...

"No creo estar cantando bien"─
pensaba el viento─
viendo que los hombres
no se detenían a escuchar.

Ahí, como todas las noches, en el cielo azul estaba

Ahí, como todas las noches, en el cielo azul estaba
la luna blanca y redonda, silenciosa,
observándolo todo, sin ver nada;
como todos los vecinos:
los vecinos que lavaron rápidamente
la sangre
del adoquín mojado por la noche.
Nadie había visto lo que todos vieron.
Así se nos van algunas personas:
muriéndose lentos
en el silencio cobarde de los vivos.

De los Poemas

Olvido los versos que he escrito. Hasta discuto "¡qué ese poema no es mio!"
y que sí, lo era,
y "¿cuándo escribí yo eso?".
No es que no me importe lo que escribo; tampoco es que todo sea falso
porque todo eso lo he vivido o, al menos, soñado,
que para la gente como uno es casi lo mismo.
Es que uno los suelta, los deja irse, los deja perderse y quedarse a dormir en casa de otras gentes.
Imagine el lector que el mundo es perfecto y uno puede soltar a un hijo sin miedo a perderlo
y le dice entonces "Ve a quedarte donde tu amigo o donde tu novia"
sin sentir el miedo y la preocupación, sabiendo que en algún momento volverá crecido.
No hay por qué tener miedo, no hay forma
de que un poema se lastime.
A los poemas nadie los asalta en la calle por quitarles algo
pues tienen nada.
¡Y disfrutan tanto el vagabundeo! Pulular por las noches caminando entre la niebla
es para ellos como un sueño:
van contando las estrellas, intercambiando opiniones con los murciélagos y los búhos
─de noche no andan muchos pájaros─
y con esas mariposas que son menos mariposas y más polillas solo por ser feas;
y cuando se terminan las distracciones vuelven, llegan a casa
y sentados en el borde de sus camas
se sacan las rimas y las sílabas
y acuestan a descansarse el ritmo.
Y uno ni tiene que levantarse para ver cómo volvieron.
Porque ellos vuelven siempre con algo nuevo en su genética, algo que no heredaron,
que uno no pudo haberles dado porque uno es uno y ellos,
los poemas, son hijos un poco de toda la gente que los va leyendo.
Por eso yo no los recuerdo a veces, porque no hace falta vigilarlos
porque son poemas buenos, bien educados, que van y vuelven contentos
a mostrarme enseguida lo que aprendieron fuera.
Y están tan contentos a veces con tan poco que se me hace
futuro la boca viendo la simpleza y la humildad
con la que van creciendo.

¿Y qué otra cosa que escribir me queda?

¿Y qué otra cosa que escribir me queda?
Sacar la sangre del cuerpo
sacar con la sangre lo negro
la maldición
el verso
el sino

Drenar las venas abiertas
poner sal a las heridas
cicatrizar o agusanar
pero dar punto final

¿Y quién va a leerme lo que sangro?
Habrá alguien,
un lector

un solo y único lector
que redima
un lector tirado en su cama
en su tristeza
en su abandono

leyendo esta vida.

Ser
él mi compañia
yo la suya

todo eso ha hecho el poema:
encontrarnos
unirnos por las heridas
como siameses

la sangre corre
negra
como una muerte
por el poema

moriremos juntos
lector y poeta
en un solo poema.

Habrá que aprender...

Habrá que aprender de la primavera:
de cómo ama ella a los parques y jardines,
de cómo reverdece a los paseos públicos,
de cómo florece todo lo que toca.
Habrá que aprender del verano:
de cómo ama la claridad y la luz,
de cómo sigue ardiendo a pesar de las tormentas.
Habrá que aprender un poco del otoño:
de cómo sobrevive a la muerte
alimentándose por dentro mientras la piel se seca.
Habrá que aprender del invierno
a amarnos tapados hasta las narices,
a juguetear bajo las frazadas como niños.
Habrá que aprender de todo para amarnos
o no habremos aprendido nada.

Mi sombra lleva traje

Mi sombra lleva traje
y elegante moño y mocasines.
Mi sombra, la que antes arrastraba
las plantas descalzas de los pies.
Mi sombra aprende idiomas y habla 
de igual a igual con los más importante señores. 
Mi sombra discute con acento suave sobre temas importantes
y cita con autoridad a los mejores autores.
Mi sombra, que es negra, se da una vida
que nunca soñamos.
Se da la gran vida desde que tú has entrado en la mía
y así yo puedo vivirme la vida a tu lado
mientras ella me lleva los asuntos de oficina. 


La ciudad no entiende de estas cosas

La ciudad no entiende de estas cosas:
de besos y caricias
por las oscuras esquinas
como si una mano extraña la violara
en cada plaza
en las veredas, los portales...
La ciudad se retuerce un poco pero se deja.
A veces sospecho que está harta
de tanto asfalto frío y hormigón
con alma de acero,
toda esa falsa pretensión de alcanzar el cielo
subiendo y subiendo
solo por alimentarse el ego.
Podría jurar que la ciudad
está triste y sola
soñando un amor que no le llega
y que es por eso
que nos deja
tanta plaza, tanto esquina
y portal oscuro
donde besarnos y dejarle,
de paso, una tibia caricia en sus inviernos.

Después dirán que no valió la pena

Después dirán que no valió la pena
y que perdían el tiempo
en un amor sin futuro...
Pero después,
porque mientras duraban esos encuentros
ninguno de los dos podía pensar
con tanto ruido de cama, de gemidos y de dulces quejidos.

Se miran a los ojos

Se miran a los ojos,
se sonríen;
tienen todavía el recuerdo
húmedo e inmediato
del amor
pero como dos niños
a los que aún les queda un dulce
se miran a los ojos,
se sonríen
y piensan
en volver a amarse.