Y yo te tengo acá, o allá
─da igual si estás─
y entonces esa cruz se hace de papel
y entonces empieza a llover y esa cruz
se desarma como esas flor de panadero
que uno de chico soplaba
para pedirle deseos.
Entonces la tarde ─que era toda lluvia
y viento y domingo de otoño─
sigue siendo una tarde de lluvia y de viento
y de domingo de otoño
pero ya sin cruces
porque vos estás
acá
o allá
─da igual, estás─.
Poema y antipoema
(poema)
¿De quién serán estas horas,
este aullido del viento
en las ventanas,
esta tarde ausente,
este gato durmiendo en mi cama,
estos poemas que releo
habiendo tanto libro nuevo por leer?
¿De quién serán estas horas
que no pasan,
que lo atraviesan a uno entrándole por la espalda
para salirle por el pecho frío
como la tos bohemia de un poeta triste?
¿De quién serán las muertas porcelanas
sobre el viejo modular del living
y las fotos amarillas de los abuelos
y nuestra infancia jugando todavía en los sillones?
(antipoema)
Dice el gato
que ya no siga:
que deje de meterlo en mis poemas
que entre los demás gatos tiene
fama de güapo y pendenciero
y que además,
ni el frio ni la lluvia le importan,
ni mis poemas.
Que todas las tardes son iguales
y que como cada noche
hoy saldrá a farrear
y sobre todo,
que soy yo, y no él,
el depresivo.
¿De quién serán estas horas,
este aullido del viento
en las ventanas,
esta tarde ausente,
este gato durmiendo en mi cama,
estos poemas que releo
habiendo tanto libro nuevo por leer?
¿De quién serán estas horas
que no pasan,
que lo atraviesan a uno entrándole por la espalda
para salirle por el pecho frío
como la tos bohemia de un poeta triste?
¿De quién serán las muertas porcelanas
sobre el viejo modular del living
y las fotos amarillas de los abuelos
y nuestra infancia jugando todavía en los sillones?
(antipoema)
Dice el gato
que ya no siga:
que deje de meterlo en mis poemas
que entre los demás gatos tiene
fama de güapo y pendenciero
y que además,
ni el frio ni la lluvia le importan,
ni mis poemas.
Que todas las tardes son iguales
y que como cada noche
hoy saldrá a farrear
y sobre todo,
que soy yo, y no él,
el depresivo.
Somos irreales
Somos irreales:
lo he visto esta noche
en la luna colgada
del azul inútil
de la noche
mirándolo todo
sin vernos.
lo he visto esta noche
en la luna colgada
del azul inútil
de la noche
mirándolo todo
sin vernos.
Cada día en la tierra nace un Cristo
Cada día en la tierra nace un Cristo
destinado a morir
mártir
luego de ser torturado y apaleado
por otros hombres
solamente por predicar
la igualdad y el amor
entre los hombres.
Es una pena que sobre estos hombres
nadie construya iglesias.
destinado a morir
mártir
luego de ser torturado y apaleado
por otros hombres
solamente por predicar
la igualdad y el amor
entre los hombres.
Es una pena que sobre estos hombres
nadie construya iglesias.
Los hombres mueren, de a uno, de a cientos, de a miles
Los hombres mueren, de a uno, de a cientos, de a miles
y siendo conscientes de ello
van por la vida regando
quejas, llorando
al viento
su lastimoso destino
de ser finitos
aún cuando es
por su propia mano
que mueren.
Sin embargo
los árboles guardan un misterioso silencio
aún cuando mueren
de a miles
solo por la ambición de los hombres.
y siendo conscientes de ello
van por la vida regando
quejas, llorando
al viento
su lastimoso destino
de ser finitos
aún cuando es
por su propia mano
que mueren.
Sin embargo
los árboles guardan un misterioso silencio
aún cuando mueren
de a miles
solo por la ambición de los hombres.
Silencio, niños, que están hablando los adultos
Silencio, niños, que están hablando los adultos
y cuando los mayores hablan
los menores escuchan
con debido respeto
porque ellos ─los adultos─
son los que saben
de negocios
de política
de guerras
de Dios
y de la escuela.
y cuando los mayores hablan
los menores escuchan
con debido respeto
porque ellos ─los adultos─
son los que saben
de negocios
de política
de guerras
de Dios
y de la escuela.
Me rendí ─te lo dije esa tarde
sin saber cuánto significaba─,
bajé los brazos,
te dejé luchando sola.
Me dejé convencer ─todos lo repetían
todo el tiempo: "no se puede"─.
Me inventé un enemigo ─cuando mi único enemigo
era yo mismo─.
Creí que estaba bien bajarme del sueño;
que poner los pies en la tierra
me haría más hombre,
que no podíamos los dos contra tanto mundo...
Creí que estaba haciéndonos un bien,
que era tan obvio lo imposible de esa empresa
que ambos necesitábamos
dejar de jugar a los Quijotes
y hacernos Sanchos de una vez por todas.
¿Sabes? Solo me rompí un poco a mi mismo,
nada más,
verte entera fue un espejo
al que nada se le puede discutir:
nunca fue imposible ─te imagino queriendo
gritarme que se podía
sin que yo escuchara─.
Creo que ya habrás notado la triste verdad:
nunca fui Quijote, ni siquiera Sancho,
apenas uno de los tantos perros que ladran
al cabalgar de los héroes.
Pero tienes una forma hermosa de soñarme Quijote.
sin saber cuánto significaba─,
bajé los brazos,
te dejé luchando sola.
Me dejé convencer ─todos lo repetían
todo el tiempo: "no se puede"─.
Me inventé un enemigo ─cuando mi único enemigo
era yo mismo─.
Creí que estaba bien bajarme del sueño;
que poner los pies en la tierra
me haría más hombre,
que no podíamos los dos contra tanto mundo...
Creí que estaba haciéndonos un bien,
que era tan obvio lo imposible de esa empresa
que ambos necesitábamos
dejar de jugar a los Quijotes
y hacernos Sanchos de una vez por todas.
¿Sabes? Solo me rompí un poco a mi mismo,
nada más,
verte entera fue un espejo
al que nada se le puede discutir:
nunca fue imposible ─te imagino queriendo
gritarme que se podía
sin que yo escuchara─.
Creo que ya habrás notado la triste verdad:
nunca fui Quijote, ni siquiera Sancho,
apenas uno de los tantos perros que ladran
al cabalgar de los héroes.
Pero tienes una forma hermosa de soñarme Quijote.
Cactus (III)
Sí, podría asegurar que estoy vivo
cuando juego, cuando canto o cuando bailo
o cuando escribo,
que es hacer esas tres cosas
a la vez.
Podría jurar que tengo un alma
en esos escasos momentos
que dejo un poco de ella
en algún verso.
Podría jurar que vivo, y que siento,
que siempre tendré un pecho tibio
que ofrecerte
cuando la noche nos cubra esa esperanza
corta como las cadenas de atar perros.
Pero no está bien jurar.
Uno no ha de olvidar nunca que mañana
puede uno mismo ser otro tan diferente,
tan extraño aún para sí mismo.
Lo sé, ya pasó otras veces
que juré abrigar
y congelé los besos;
ya juré otras veces
ser el profeta que iba a salvarnos del diluvio
a convertir bastones en serpientes
o a encender el fuego
en la leña seca del desierto.
Muchas veces he dado palabra de eternidad
y todas, todas esas veces
─ni una se salvó─
el juramento fue de viento.
cuando juego, cuando canto o cuando bailo
o cuando escribo,
que es hacer esas tres cosas
a la vez.
Podría jurar que tengo un alma
en esos escasos momentos
que dejo un poco de ella
en algún verso.
Podría jurar que vivo, y que siento,
que siempre tendré un pecho tibio
que ofrecerte
cuando la noche nos cubra esa esperanza
corta como las cadenas de atar perros.
Pero no está bien jurar.
Uno no ha de olvidar nunca que mañana
puede uno mismo ser otro tan diferente,
tan extraño aún para sí mismo.
Lo sé, ya pasó otras veces
que juré abrigar
y congelé los besos;
ya juré otras veces
ser el profeta que iba a salvarnos del diluvio
a convertir bastones en serpientes
o a encender el fuego
en la leña seca del desierto.
Muchas veces he dado palabra de eternidad
y todas, todas esas veces
─ni una se salvó─
el juramento fue de viento.
A dos pesos el verso, tres kilos
A dos pesos el verso, tres kilos
de poemas
a la cotización oficial
del dólar o el euro
o el yen o el rublo
o la libra esterlina.
(Ya se escucha en el mercado el pregón del poeta:)
"vendo o permuto
libro de poemas
por auto nuevo".
Satisfacción garantizada o le devolvemos
su dinero.
Versos tibios, huellas de pies pesados
incapaces
de alzar vuelo.
Palabras repetidas,
sin novedades que sacudan
su domesticidad.
Adquiéralos ya, sin miedo,
que no le romperán un solo cristal
de sus ventanas
ni ensuciarán su alfombra
con huellas embarradas
de campesinos ni llenarán su casa
con las pulgas del vagabundo.
Poetas sabedores del amor
que sueña cuando huye
de ese otro amor,
el leguleyo,
el aburrido,
de su marido.
Por una camisa de marca
seis versos
o un cuento;
por el último iPhone
una novela.
Si alguna vez contaran su propia basura
¡eso sí que sería poesía!
Humana y profunda,
llena de miserables tristezas.
Mercaderes a sus mercados
poetas a sus versos.
Si usted ama la poesía, elija a los poetas.
de poemas
a la cotización oficial
del dólar o el euro
o el yen o el rublo
o la libra esterlina.
(Ya se escucha en el mercado el pregón del poeta:)
"vendo o permuto
libro de poemas
por auto nuevo".
Satisfacción garantizada o le devolvemos
su dinero.
Versos tibios, huellas de pies pesados
incapaces
de alzar vuelo.
Palabras repetidas,
sin novedades que sacudan
su domesticidad.
Adquiéralos ya, sin miedo,
que no le romperán un solo cristal
de sus ventanas
ni ensuciarán su alfombra
con huellas embarradas
de campesinos ni llenarán su casa
con las pulgas del vagabundo.
Poetas sabedores del amor
que sueña cuando huye
de ese otro amor,
el leguleyo,
el aburrido,
de su marido.
Por una camisa de marca
seis versos
o un cuento;
por el último iPhone
una novela.
Si alguna vez contaran su propia basura
¡eso sí que sería poesía!
Humana y profunda,
llena de miserables tristezas.
Mercaderes a sus mercados
poetas a sus versos.
Si usted ama la poesía, elija a los poetas.
Se quitó una basurita del ojo
Se quitó una basurita del ojo,
una piedrita del zapato
que no la dejaba caminar en paz,
se desprendió un pelusa del saco,
un pelo blanco del gato
del pulover más elegante.
Sacó mi nombre de su agenda
y ahora vive sin mi.
una piedrita del zapato
que no la dejaba caminar en paz,
se desprendió un pelusa del saco,
un pelo blanco del gato
del pulover más elegante.
Sacó mi nombre de su agenda
y ahora vive sin mi.
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