Nefelibata, las palabras,
vagas, ansían tener alas,
maman de amapolas,
fragancia y mariposas.
La noche ha florecido.
Cantan bagualas las almas
solitarias, solidarias,
y se abrazan.
A la noche le sobran
las estrellas falsas de la casa,
con tus ojos,
ya me alcanza:
en la ausencia
siembro la esperanza.
Del éxito
Triunfar no es lo opuesto a fracasar sino a quedarse sentado.
Cuando quiera abandonar la soledad
Cuando quiera abandonar la soledad
déjeme tomar su mano para llevarla
por caminos de hojarascas,
fumar un cigarrillo en la nostalgia
de un parque dorado en otoño,
de un arroyo helado en la campiña.
Déjeme llevarla a un lugar que no recuerde
lo que fuimos antes de esta tarde.
Déjeme reinventarnos en un paseo,
reelaborar el sentimiento dulce
de haber encontrado al fin los brazos
que soñamos durante años.
déjeme tomar su mano para llevarla
por caminos de hojarascas,
fumar un cigarrillo en la nostalgia
de un parque dorado en otoño,
de un arroyo helado en la campiña.
Déjeme llevarla a un lugar que no recuerde
lo que fuimos antes de esta tarde.
Déjeme reinventarnos en un paseo,
reelaborar el sentimiento dulce
de haber encontrado al fin los brazos
que soñamos durante años.
Me voy haciendo azul y solitario. El brillo
Me voy haciendo azul y solitario. El brillo
que tenía esta mañana se diluye, se
dispersa, se vuelve millones de
pequeñas luces en la noche
y la piel, que se azulaba,
las atrapa. Soy la
noche y tengo
estrellas.
Prefiero evitar un verbo obvio
Prefiero evitar un verbo obvio
como extrañar, o amar,
o los consecuentes adverbios de tiempo
innecesarios en esta despedida.
Tu decides imponerme esta tarde
que recordaré durante años con tristeza.
En vano intento apelar a un buen recuerdo
que conmueva esta frialdad con la que hablas:
hay un mañana que es irremediable para los tres,
pero solo yo quisiera remediarlo.
como extrañar, o amar,
o los consecuentes adverbios de tiempo
innecesarios en esta despedida.
Tu decides imponerme esta tarde
que recordaré durante años con tristeza.
En vano intento apelar a un buen recuerdo
que conmueva esta frialdad con la que hablas:
hay un mañana que es irremediable para los tres,
pero solo yo quisiera remediarlo.
Tenía un verso escuálido, famélico
Tenía un verso escuálido, famélico.
Un verso que de haber tenido qué llevarse a la boca
-un bocado de pan, un beso, una verdad-
hubiera podido ser sin gran esmero un canto libre.
Pero vivió en la indigencia, mendigando una rima.
A veces cantaba en la puerta de una Iglesia
y alguna anciana con algo de memoria
le daba unas migajas de sus viejas ilusiones.
Pero el cura, que era hombre y como hombre, bestia,
y de amores sabía más que cualquiera,
lo echó una tarde lluviosa por carnal y por hereje.
Así anduvo el verso vagando por el mundo.
Salió entonces a buscar la vida deambulando
por las casas donde el pan sobraba:
en los Cuarteles cantando libertades,
en los Palacios cantando justicias,
a los Reyes les cantaba humildades
y a los Nobles les cantaba la nobleza del trabajo.
A cada lado que llegaba lo tomaban por idiota
a él, que era un verso pobre y sincero.
Entre los sabios nunca estuvo porque era verso,
entre los religiosos menos porque al amor lo esconden.
La muerte lo fue alcanzando más pronto que la vida
y el verso se hizo viejo sin hembra que lo leyera.
Anoche bajo el invierno el hijo de un labriego,
habiendo prometido serenata,
fue a cantarlo a la ventana de una necia.
Y allí, contra las limpias persianas de la hija de un alcalde,
la última nevada le cerró el pechó y lo dejó sin aire.
Tenía un verso escuálido, famélico.
Anoche murió ese verso sin que nadie lo escuchara.
Un verso que de haber tenido qué llevarse a la boca
-un bocado de pan, un beso, una verdad-
hubiera podido ser sin gran esmero un canto libre.
Pero vivió en la indigencia, mendigando una rima.
A veces cantaba en la puerta de una Iglesia
y alguna anciana con algo de memoria
le daba unas migajas de sus viejas ilusiones.
Pero el cura, que era hombre y como hombre, bestia,
y de amores sabía más que cualquiera,
lo echó una tarde lluviosa por carnal y por hereje.
Así anduvo el verso vagando por el mundo.
Salió entonces a buscar la vida deambulando
por las casas donde el pan sobraba:
en los Cuarteles cantando libertades,
en los Palacios cantando justicias,
a los Reyes les cantaba humildades
y a los Nobles les cantaba la nobleza del trabajo.
A cada lado que llegaba lo tomaban por idiota
a él, que era un verso pobre y sincero.
Entre los sabios nunca estuvo porque era verso,
entre los religiosos menos porque al amor lo esconden.
La muerte lo fue alcanzando más pronto que la vida
y el verso se hizo viejo sin hembra que lo leyera.
Anoche bajo el invierno el hijo de un labriego,
habiendo prometido serenata,
fue a cantarlo a la ventana de una necia.
Y allí, contra las limpias persianas de la hija de un alcalde,
la última nevada le cerró el pechó y lo dejó sin aire.
Tenía un verso escuálido, famélico.
Anoche murió ese verso sin que nadie lo escuchara.
Anhelo el silencio
Anhelo el silencio.
Las gotas de sabio amor
que perfumaban las tardes.
Las notas breves de jazmín
en los jardines,
la suave mañana de la infancia.
Anhelo la sonrisa de los primeros
soles en las ventanas frías del invierno.
Anhelo el verbo de los brazos
y el resultado de besarte.
Anhelo la siesta en un abrazo de cellista,
la lluvia, el frío, la excusa
suficiente para pegar dos cuerpos.
Anhelo los sueños que desvelan,
los años que soñaban,
el futuro que tenía en el pasado.
Anhelo el alma de poeta que perdí en un verso
antiguo que nunca devolviste.
Las gotas de sabio amor
que perfumaban las tardes.
Las notas breves de jazmín
en los jardines,
la suave mañana de la infancia.
Anhelo la sonrisa de los primeros
soles en las ventanas frías del invierno.
Anhelo el verbo de los brazos
y el resultado de besarte.
Anhelo la siesta en un abrazo de cellista,
la lluvia, el frío, la excusa
suficiente para pegar dos cuerpos.
Anhelo los sueños que desvelan,
los años que soñaban,
el futuro que tenía en el pasado.
Anhelo el alma de poeta que perdí en un verso
antiguo que nunca devolviste.
Me embarga una tristeza nuestra
Me embarga una tristeza nuestra,
compartida, solitaria...
me azota la espalda esta falta que me haces
obligándome a pensarte,
a extrañarte más que como un amante
como un esclavo
de este sentimiento.
Me duele una ausencia nuestra
compartida, solitaria...
me encierra en cárceles de aire
irrespirable, envenenado
desde que no estás conmigo,
desde que abriste esa puerta
a un jardín que no es el mio.
Me adormece el alma un olvido nuestro
que es tuyo por elección
mio por necesidad y obligación.
¿Me olvidas?
Acaso lo intentas con la misma fuerza
que intento yo retenerte.
compartida, solitaria...
me azota la espalda esta falta que me haces
obligándome a pensarte,
a extrañarte más que como un amante
como un esclavo
de este sentimiento.
Me duele una ausencia nuestra
compartida, solitaria...
me encierra en cárceles de aire
irrespirable, envenenado
desde que no estás conmigo,
desde que abriste esa puerta
a un jardín que no es el mio.
Me adormece el alma un olvido nuestro
que es tuyo por elección
mio por necesidad y obligación.
¿Me olvidas?
Acaso lo intentas con la misma fuerza
que intento yo retenerte.
Le regalo un verso
Le regalo un verso
o, para mejor decir,
le cambio un verso por un beso.
Usted solo déjeme tocarle los labios
con un poema viejo
y, seguramente,
escrito a otro amor
que ya he perdido
o he olvidado,
que es lo mismo,
pero que esta tarde
he reescrito para usted,
con sus ojos, su boca y sus manos.
Déjeme cambiarle
este escaso poema
por un beso de su boca
confiando que el amor
justifique la injusticia
de a cambio de tanto
tan poco estar pagando.
o, para mejor decir,
le cambio un verso por un beso.
Usted solo déjeme tocarle los labios
con un poema viejo
y, seguramente,
escrito a otro amor
que ya he perdido
o he olvidado,
que es lo mismo,
pero que esta tarde
he reescrito para usted,
con sus ojos, su boca y sus manos.
Déjeme cambiarle
este escaso poema
por un beso de su boca
confiando que el amor
justifique la injusticia
de a cambio de tanto
tan poco estar pagando.
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