Me reconocerás por el sonido


Me reconocerás por el sonido
de esa guitarra fabricada
con la madera del árbol
que seré.

Así, amigo, me reconocerás cuando haya muerto
y esté, bajo la tierra
alimentando el árbol
del que saquen la madera
con la que fabriquen la guitarra 
con la que te acompañes en tus juergas
cuando yo ya me haya muerto.

Así, amigo, seguiré siendo en la muerte 
tu amigo todavía.

La ojerosa noche de estrellas vacías



La ojerosa noche de estrellas vacías, 
como las manos
de un amante. 
Tu presencia nocturna como las manos 
del pez;
tu vientre frío y tu silencio gris 
de plumas secas 
y tu muerte 
de toros blandos bufando 
un futuro de puros negros sin rojos
que se diluye en la arena como utopías viejas.

¿Cómo es que hay tanto tú sin ti?
¿Cómo es que hay algo sin ti?
En mi imaginación hay todo un mundo sin ti
pero tanta ciudad no sirve 
y tanto árbol creciendo y dando flores
que no puedo arrancar para ti. 

La noche me ha traicionado en el espejo
y me duermo creyendo que sueño.

Por este beso guardaré silencio y luto.

Para mañana me inventaré otro nombre
y moriré en silencio sin contar ni un beso.

Soy una sombra


Soy una sombra: 
la sombra del ala, 
de la rama; 
la sombra del canto del pájaro,
el eco de sus plumas rojas
azules y amarillas.

Tráfago


Entonces en una esquina
me invento el siguiente cuento:
que un semáforo tuerto
me da un guiño
como diciendo
"tranquilo, que es todo un juego,
aquí nadie muere
sin tener un beso".

Pájaros


Pájaros,
no siempre coloridos
ni de canto afinado.
Pájaros
a veces negros
como murciélagos
─se de alguien a quien
le gustan los murciélagos.

A veces duermo
o no duermo
entre el caos de plumas
que me dejan;
plumas sueltas,
nada entero,
no llegan entre todas a ser pájaro.

Pedacitos de pájaros
que no consigo armar.

Pájaros que apenas nacen
y ya se me van.

Adriana


A ver, cuéntame esa historia,
la de tus días y tus noches sin mi.
Cuéntame tu huella sobre el pasado,
sobre el camino que ambos recorríamos sin saberlo
y que un buen día nos dejó desnudos bajo el mismo techo.
Cuéntame de los árboles que sembraste, de las flores
que dejabas crecer en tu jardín y de los hijos que no tuvimos
y esperan que abramos las puertas de ese laberinto
biológico de la reencarnación.
Háblame de esa otra mujer que no era mia
cuando todavía yo no era tuyo.

Un duende juguetón se alegra con tu cuerpo


Un duende juguetón se alegra con tu cuerpo,
se regodea, borracho de tus sombras desnudas,
ama tu locura de gata en celo, tu fiereza salvaje,
tu lado más animal cuando lo humaniza el amor.
La noche nos encierra en una cajita pequeña donde solo caben los sexos.
Dos almas prestas a mostrar los dientes si el amor
así exigiese.

Vendré con mis flores marchitas:


Vendré con mis flores marchitas:
mis pétalos secos, mis espinas sin punta.
Vendré a tocar tu puerta con mis muñones.
Vendré y esperaré en tu puerta como un mendigo.
Esperaré con la escarcha de la noche enamorada en mi barba.
Esperaré la noche y el día y la noche que sigue y el día que les siga.
Vendré a que me resucites; a que me conviertas en pan las piedras,
en vino las aguas, en vida eterna mis llagas.

Vendré a ser tu milagro yo, mi Dios vos.
Vendré a tocar con mis heridas tu vestido para curarlas.

Esperaré, sin ser digno, que entres en mi casa
y con dos palabras tuyas bastará para sanarme.

En otro lugar de América alguien te cruza en la calle


En otro lugar de América alguien te cruza en la calle,
indiferente a esta idea constante de no tenerte.

En otro calle alguien pide una moneda
y alguien se la niega y nos hace hermanos en la carencia.

¿Somos uno, dos o tres los que no tenemos?
Las matemáticas suelen sucederle de esta forma
a los que cuentan carencias.

Cuando éramos niños creíamos, después crecimos
─crecer es descreer de tantas cosas.

Un perro llora en algún patio vecino y un gato mojado por la lluvia
estornuda del otro lado de la ventana.

No hay mucho que hacer o que mirar.

Sé que hay ancianos que duermen la tarde
con los ojos puestos en el reloj en la pared
esperando que la noche traiga el descanso a su cotidiana vejez.

Ser un pez, y no saber del agua. Ni imaginar el aire
o la tierra firme y la evolución.
Desear no tener deseos ─y saber que se está deseando.

Conocer a esa mujer que no conoce esta lluvia,
que vive en otra lluvia.

Desear a esa mujer.
Que sea mi adverbio de lugar.

Resumen de la tarde:
llueve.

En tu domicilio


En tu domicilio
o en el mio,
frente a tu propia puerta,
frente a la mía,
como la muerte omnipresente
o la vida invisible.
En todos los lugares y en ninguno.
Allí donde estés, esté, estén
o estemos;
donde la vida ocurra,
con pan o con hambre.
En la habitación donde se aman
los amantes
o en la esquina donde se rompen las promesas;
en un hospital,
en una escuela,
en una biblioteca.
Allí, con el honor, con la palabra
o con los hechos
te amaré.
En todas partes, y en ninguna.