Coronaste mi frente con espinas

Coronaste mi frente con espinas,
sorteaste mis prendas,
pusiste mis brazos en un madero.
Te burlaste de mi fe, de mis ansias eternas
y calmaste mi sed con vinagre.
Mi cuerpo blando fue llevado hasta la piedra
y allí ha quedado, esperando,
el milagro.
Al tercer día vendrán amigos
a buscarlo
con vanas esperanzas.
Porque dejaré a la infinita muerte ser
un souvenir de tu ultraje,
para que también tu crimen
sea infinito.


El aliento escaso, alma en pena

El aliento escaso, alma en pena
de un beso abortado, un parto
interrumpido...
Dos bocas
quedaron huérfanas
en una casa
habitada
por los fantasmas de sus hijos muertos.

Maldita la vida, maldito el mundo

Maldita la vida, maldito el mundo,
maldito sea todo
lo que no has tocado
ni te ha visto.
Malditos los versos que escribo
cuando quiero besarte.
Malditas estas ganas de tenerte,
y este tenerte estas ganas.
Maldito todo
lo que sea quererte
y no quererte querer
y quererte sin embargo.
Maldito el poeta que te sigue nombrando.
Maldita tú, por haber jugado,
maldito yo, por haber creído.

Estaba pensando, con estas tardes de sol

Estaba pensando, con estas tardes de sol,
en sacar a pasear un poco
estos besos de departamento sin patio.
Un tarde cualquiera, un día
que tengas el tiempo y las ganas
de acompañarme. Llevarlos a correr
por una plaza o un parque. Que
respiren aire fresco y aprendan un poco del mundo.
De ser posible,
soltarlos por tu vientre para que juegen
con las mariposas de tu panza.

Se busca una mujer amante de lo imposible

Se busca una mujer amante de lo imposible
que guste de enfrentar retos
de superarse a través de desafíos.
Se busca una mujer capaz de recorrer el camino difícil
que desprecie los atajos
y cure con sus manos.
Se busca una mujer capaz
de enfrentarse a los abismos
terrible de una soledad eterna,
de un invierno que no agosta jamás.
Que sacie sedes desérticas,
que sepa ser oasis sabiendo que alrededor
crecen alacranes y que hay
arenas -y las arenas suelen ser infinitas-
entre gota y gota de agua.
Se busca una mujer que venga a salvar a estos huesos
sin miedo a lo imposible.

Lo mismo se pintan bocas con vino que con veneno

Lo mismo se pintan bocas con vino que con veneno
y así es que cuando dan besos
lo mismo matan o hacen
esclavo al hombre más bueno.
Lo mismo se pintan bocas para el amor o para la guerra
y lo mismo besa y nos deja
la piel ardiendo o te quema
de un último beso helado
una mujer que nos deja.
Que no hay mujer que no tenga culpa para condena
ni santo lugar guardado
en el cielo por sus milagros.
Lo mismo matan que llevan a un buen hombre hasta el cielo
y, si existe diferencia nosotros, no la sabemos.
Lo mismo elegimos pronto a la buena que a la que vuela
y es cierto que muchas veces,
es la que más nos interesa
aquella que no conviene tan solo porque entretiene.
Lo mismo dicen que aman o bien, que ya han olvidado,
¡mujer, tu boca debiera   
estar prohibida por loca!

Mi cama es una nación con las fronteras anchas

Mi cama es una nación con las fronteras anchas
y cuando digo que te quiero
tener dentro de mi cama
pienso quizás en un banco en una noche de plaza
detrás de una cortina
impuesta por la neblina,
o pienso en una mesada, o mesa, en una cocina
o detrás de una puerta
que dé a alguna escalera
o en el balcón cuando llueva.
Mi cama es una nación ancha con fronteras que abarcan
todo lugar que te plazca
para querernos
como Dios manda.

Tú y yo no tenemos razones para estar juntos

Tú y yo no tenemos razones para estar juntos.
Se nos ofrece alguna que otra excusa
que bien sabemos aprovechar
pero razones...nos faltan
razones para estar juntos y sin embargo,
aquí estamos envueltos,
con los cuerpos apretados,
en un amor
que no necesita razones.

La rima trepa un árbol y se cae

La rima trepa un árbol y se cae,
se rompe las costillas,
el golpe me la asfixia
y todo se termina.
El poema, se me vuelve una utopía,
se me marchan erguidas
las palabras, sorprendidas,
dicen
que era todo una mentira,
una trampa, ofendidas
me dicen que derecho no tenía
yo a promesas de poesía.
Pero todo empezó por una rima.
Toda la culpa la tenía
ese espíritu travieso
e infantil de algunos versos.
Yo no tuve ni tenía
nada más
que buenas intenciones,
pero ahora
¿cómo explico
a la poesía
que no hay verso
que de un golpe se me han
roto las rimas?

Se me metió en la soledad. Se me arrinconó

Se me metió en la soledad. Se me arrinconó
entre las telarañas del pecho,
y se me quedó, acurrucada, con esa sonrisa enlagrimada
y su silencio con alma de reptil.
Me amontonó, sin que se lo pidiera,
la basura del altillo,
pintó algunas paredes con colores poco exagerados.
Y así, de a poco, se me fueron haciendo innecesarios algunos nombres
que todavía recordaba.
La acepté como se adopta un cachorro abandonado en la lluvia
y para ella fue suficiente.
Ni pedía. Y yo, a veces, me olvidaba de darle. Pero se quedaba.
Se me quedó con su presencia de tortuga.
Casi no hablaba, y a veces lamía alguna herida suya o mía, o inventada.
Cuando llovía, ella lloraba por cosas que no contaba y yo
contaba cosas que no lloraba.
Cuando salía el sol llorábamos juntos porque la lluvia nos faltaba.
Fuimos amigos, amantes o algo sin nombre:
teníamos palomas en una ventana mínima,
varias cajas de fósforos, dos páginas de un suplemento literario
de una vez que compramos pescado para la cena,
un triceratops de gomaespuma y otra porquería
que a veces discutíamos qué cosa habría sido cuando era.
Una vez, le juré amarla hasta después de la cena y se rió tan bonito
que le extendí el juramento hasta el desayuno.
Yo cumplí y ella siguió sonriendo, incluso, hasta la tarde.
Un atardecer, en otoño, un merecido ataque de felicidad estuvo a punto
de arruinar el mundo, con nosotros en él.
Disfrazados de viejitos olvidados bajo el polvo alimentamos
a un gatito que maullaba en la ventana y la felicidad,
siempre ingenua, pasó de largo y se llevó a una pareja que vivía en la esquina.
Desde entonces, su presencia de tortuga me habita y un poco, debo confesar,
nos hemos confundido el uno en el otro.
Se me metió en la soledad, Señor Juez, no tengo otra excusa.
Y es tan bonita cuando ríe y cuando no ríe,
que si tuviera que echarla, me tendría que ir con ella.