Qué atroz imposición es tu belleza


¡Qué atroz imposición es tu belleza!
Temo el día en que soldados de la democracia
te arranquen de mis ojos
con su estúpido pregón de libertad.
¿Acaso no soy libre de entregar mi libertad
ante una mujer que me perturbe?
Muchos hombres caen vencidos cada día, cada hora,
ante el dinero, el poder, la corrupción y yo,
que solo he permitido esta derrota ante tu encanto
soy puesto pronto como ejemplo
de mediocre entrega y nula resistencia.
¡Qué tristes estarán los hombres que por mucho menos
han vendido el alma, el cuerpo y hasta al perro!
Tan solo un lujo puedo permitirme en mi pobreza: Tú,
riqueza inagotable de ternura, encanto de belleza inmaterial.
Voy a encerrarme esta tarde en este cuarto solitario
a pensarte. Tú, quédate mi libertad si la pretendes
pero algo, mínimo y escaso, no me importa, debes darme a cambio:
la esperanza, solo eso, y me conformo
con que dejes que te espere.

Qué simple es pedir desde aquí


¡Qué simple  es pedir desde aquí
que no bajen los brazos, que no pierdan la fe!
¡Con cuánta simpleza deslizo un verbo,
o un adjetivo, que los ilumine,
mientras sois vosotros los que van
a tientas y ciegas por la obscuridad!
Me ha tocado ─sin valor ni resistencia
de mi parte─ una cueva luminosa
donde el sol golpea las ventanas
cada día. Y me he quedado.
Me ha faltado valentía y cada día
me propongo huir del cemento y las baldosas
y meterme en las trincheras.
¡Con que facilidad los versos se me escapan
hacia donde no los necesitan!
Allí siguen cayendo como rayos
los golpes y yo aquí,
compañera, esperando que tu leas
estas ganas de aplazar el verso
para cuando sea necesario celebrar
y dividir temblores y tormentas entre dos.
¿Quién podrá creerme si digo que me aburro
en esta casa de ternuras y alegrías
y que quiero, al menos hoy, estar
en todas partes, pero más, en las que llueve y es preciso
apretarse en la trinchera y resistir.

En la cumbre


En la cumbre,
un reflejo del sol
se vislumbraba.
Soñamos alcanzarla,
capturarla,
pero la luz se hallaba
lejos, muy lejos
de los hombres.

Lejos, muy lejos,
nos brillaba
esa vaga luz
de la esperanza
en nuestras caras.

Fuimos hombres
y mujeres a buscarla.
Fue imposible
no era luz
para enjaularla
sino el sol
mismo el que hablaba.

Vana ha sido
la esperanza.
Mantenemos, aún así,
la esperanza.

He vuelto el rostro a las tardes placenteras


He vuelto el rostro a las tardes placenteras
en las que tus ojos eran, por momentos,
toda la paz, necesaria, verdadera, que tenía.
He dado la espalda esta tarde a todas tus caricias,
me he perdido en otro laberinto si notar,
¡ay de mi! que te perdía.
No he querido dejarte como te dejé, esperando.
No busqué jamás el despertar de esa lágrima
inocente y sincera y más aún, bien merecida.
No he dejado de amarte ni he perdido la razón
que nos unía.
Solo he vuelto el rostro a tu inquietante dulzura
por un mínimo tiempo esta tarde
para descalzarme, no de ti, sino del mundo
mientras sigo en esa huella desprolija y ciega
de lo que ha venido al mundo para ser cambiado.

Soy esa sombra que ves pasar...

Soy esa sombra que ves pasar con el rabillo del ojo. La sospecha de un fantasma, ni siquiera el fantasma mismo.

Alas, mariposas, todo vuela


Alas, mariposas, todo vuela
en el mundo mágico
de las gentes que se aman.
¿Será el amor el sueño de los locos?

La Montaña


I. Obertura (explicación):

Todo lo que quería ser era aquel río
que la bajaba sin reconocerla.
Pero era montaña,
condenada a ser la piedra
eterna
y sin mar.


II. Primera Tristeza (habla la montaña):

De consuelo tengo
─pensaba la montaña─
los brazos de los cardones.
A las espinas uno se acostumbra y,
de todos modos,
¿qué abrazo hay que no duela?


III. Coro (Primera Hamartía)

En la cordillera
cada montaña se sueña diferente.


IV. Segunda tristeza (habla la montaña):

"Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente"...

leía la montaña y
el cardón con atención oía.
"¿Dichosos de qué?"
se preguntaban.


V. Coro (Segunda Hamartía)

Creer que la montaña no sueña es no creer.


VI. Intermedio (Poética de la montaña)

La montaña, esa eternidad,  se inventa el tiempo
contando las palabras de los ríos
que la bajan en silencio.


VII. Tercera tristeza: Peripecia (habla la montaña)

Siempre he querido ver el mar,
dijo la montaña mientras soñaba
que la cordillera era el océano y cada
montaña era una ola
y todas podían moverse
y todas podían hablar
y todas podían soñar.


VIII.Pathos

"¿Quién eres?" preguntó Dios,
"Soy la montaña" respondió ella.
Y Dios, compadecido, le contó que para ella
no había Cielo porque
no había muerte.


IX. Coro (Anagnórisis)

Vivía la montaña esperando al viento y a la lluvia
desde que había leído,
en algún libro, sobre la erosión.


X.Lamento final

Cuando el tiempo, ese viejo más viejo que cualquiera,
terminó de gastarle la dura piel,
la montaña se convirtió en fantasma.

Última ambición


Un día se hartó,
se hizo arroyo, se dejó llevar
hacia el río.
Descansó en una última ambición:
esperar al mar.

Uno se harta, simplemente, de fingir cordura.


Uno se harta, simplemente, de fingir cordura.
La poesía es vivir en la puerta
de un loquero.
Nunca uno está del todo fuera,
nunca del todo dentro.
Uno duerme en el umbral como un perro
que apalean quienes ostentan
el título de propiedad del edificio.
Ellos, los que tienen, no sueñan, y encierran
a los que miran el cielo y ven
autos, árboles y barcos, pero nunca aviones
y no reconocen los pajaros como algo extraño.
Porque en la tierra también se ven cosas inciertas
pero en la tierra no cuentan
porque viven, los propietarios de cosas,
con los pies en ella.
Otros andan volados casi todo el tiempo,
unos, pobres locos, no encuentran nunca
el camino de regreso y, otros,
apenas lo encuentran ya sienten el miedo
de lo que despiertos vieron.
Todos hemos tenido un sueño o dos
para encerrarnos, entonces,
¿quién decide encerrar y quién
dejarse encerrar?
Solo hay dos clases de locos:
los que se encierran
y los que encierran.

Ser poeta


Ser poeta nunca fue mi ambición ni mi deseo. Más ha sido como una enfermedad metida en la sangre que una vocación.
Un día supe que tenía un "te amo" que decir, pero ella ya no estaba.
Entonces lo escribí. Ese fue mi primer poema.
Como el síntoma de una enfermedad incurable había aparecido una mancha de tinta negra en mi pulgar.
Y otra mujer leyó ese poema, y otros,
pero también los olvidó.
Y un día supe que los poemas no tienen dueño ni título de propiedad, y que encuentran cierto placer en volarse lejos.
Entonces alguien me dijo poeta. Y acepté el juego de sentirme poeta.
Pero nunca olvido que mi verdadero oficio es criar pájaros y echarlos a volar.