Se me metió en la soledad. Se me arrinconó
entre las telarañas del pecho,
y se me quedó, acurrucada, con esa sonrisa enlagrimada
y su silencio con alma de reptil.
Me amontonó, sin que se lo pidiera,
la basura del altillo,
pintó algunas paredes con colores poco exagerados.
Y así, de a poco, se me fueron haciendo innecesarios algunos nombres
que todavía recordaba.
La acepté como se adopta un cachorro abandonado en la lluvia
y para ella fue suficiente.
Ni pedía. Y yo, a veces, me olvidaba de darle. Pero se quedaba.
Se me quedó con su presencia de tortuga.
Casi no hablaba, y a veces lamía alguna herida suya o mía, o inventada.
Cuando llovía, ella lloraba por cosas que no contaba y yo
contaba cosas que no lloraba.
Cuando salía el sol llorábamos juntos porque la lluvia nos faltaba.
Fuimos amigos, amantes o algo sin nombre:
teníamos palomas en una ventana mínima,
varias cajas de fósforos, dos páginas de un suplemento literario
de una vez que compramos pescado para la cena,
un triceratops de gomaespuma y otra porquería
que a veces discutíamos qué cosa habría sido cuando era.
Una vez, le juré amarla hasta después de la cena y se rió tan bonito
que le extendí el juramento hasta el desayuno.
Yo cumplí y ella siguió sonriendo, incluso, hasta la tarde.
Un atardecer, en otoño, un merecido ataque de felicidad estuvo a punto
de arruinar el mundo, con nosotros en él.
Disfrazados de viejitos olvidados bajo el polvo alimentamos
a un gatito que maullaba en la ventana y la felicidad,
siempre ingenua, pasó de largo y se llevó a una pareja que vivía en la esquina.
Desde entonces, su presencia de tortuga me habita y un poco, debo confesar,
nos hemos confundido el uno en el otro.
Se me metió en la soledad, Señor Juez, no tengo otra excusa.
Y es tan bonita cuando ríe y cuando no ríe,
que si tuviera que echarla, me tendría que ir con ella.