Tenía un verso escuálido, famélico.
Un verso que de haber tenido qué llevarse a la boca
-un bocado de pan, un beso, una verdad-
hubiera podido ser sin gran esmero un canto libre.
Pero vivió en la indigencia, mendigando una rima.
A veces cantaba en la puerta de una Iglesia
y alguna anciana con algo de memoria
le daba unas migajas de sus viejas ilusiones.
Pero el cura, que era hombre y como hombre, bestia,
y de amores sabía más que cualquiera,
lo echó una tarde lluviosa por carnal y por hereje.
Así anduvo el verso vagando por el mundo.
Salió entonces a buscar la vida deambulando
por las casas donde el pan sobraba:
en los Cuarteles cantando libertades,
en los Palacios cantando justicias,
a los Reyes les cantaba humildades
y a los Nobles les cantaba la nobleza del trabajo.
A cada lado que llegaba lo tomaban por idiota
a él, que era un verso pobre y sincero.
Entre los sabios nunca estuvo porque era verso,
entre los religiosos menos porque al amor lo esconden.
La muerte lo fue alcanzando más pronto que la vida
y el verso se hizo viejo sin hembra que lo leyera.
Anoche bajo el invierno el hijo de un labriego,
habiendo prometido serenata,
fue a cantarlo a la ventana de una necia.
Y allí, contra las limpias persianas de la hija de un alcalde,
la última nevada le cerró el pechó y lo dejó sin aire.
Tenía un verso escuálido, famélico.
Anoche murió ese verso sin que nadie lo escuchara.